La trampa del enemigo

La trampa del enemigo 

El Pastor John Bevere dice: “El enemigo nos ha creado una trampa para alejarnos de la voluntad de Dios y es la ofensa”. Es una trampa que atrapa a innumerable cantidad de cristianos, corta las relaciones y abre aún más las brechas que existen entre nosotros.

Muchos no logran cumplir en forma efectiva su llamado debido a las heridas y los dolores que las ofensas han causado en sus vidas. Ese obstáculo los incapacita para funcionar en la plenitud de su potencial.  La mayoría de las veces es otro creyente quien los ha ofendido, y esto hace que la persona que sufre la ofensa la viva como una traición.

En el Salmo 55:12-14 David se lamenta: 12 Porque no me afrentó un enemigo, Lo cual habría soportado; Ni se alzó contra mí el que me aborrecía, Porque me hubiera ocultado de él; 13 Sino tú, hombre, al parecer íntimo mío, Mi guía, y mi familiar; 14 Que juntos comunicábamos dulcemente los secretos, Y andábamos en amistad en la casa de Dios”.

Estas son las personas con las que nos sentamos, con quienes cantamos, pasamos nuestras vacaciones, compartimos la misma oficina. Cuanto más estrecha es la relación, más grave será la ofensa. El odio más intenso se encuentra entre las personas que alguna vez estuvieron unidas.

El hogar, que supuestamente debe ser un refugio para protección, provisión y crecimiento, donde aprendemos a dar y recibir amor, muchas veces es la raíz misma de nuestro dolor. Las guerras más sangrientas son hermano contra hermano, hijo contra padre, padre contra hijo. Solo las personas a quienes amamos pueden herirnos. Siempre esperamos más de ellos.

En nuestra sociedad reina el egoísmo. Hombres y mujeres buscan hoy  solo lo que ellos desean. La Biblia dice que en los últimos días los hombres serán “amadores de sí mismos” (2 Tim.3:2). Aquí Pablo no habla de los que están fuera de la iglesia sino a quienes forman parte de ella. Muchos están heridos, lastimados, amargados, ofendidos, pero, no comprenden que han caído en la trampa del enemigo.

Jesús dijo muy claramente que es imposible vivir en este mundo sin que exista la posibilidad de ser ofendidos. Muchas veces creemos que somos los únicos a quienes les ha sucedido. Esta actitud nos hace vulnerables a que crezca en nosotros una raíz de amargura. Por lo tanto, debemos estar preparados y armados para enfrentar las ofensas, porque la forma en que respondemos a ellas determinará cómo será nuestro futuro.

EL VERDADERO ESTADO DEL CORAZON

Una forma en que el enemigo mantiene a la persona atada a su estado es guardando la ofensa escondida, cubierta por el manto del orgullo. El orgullo impide que uno admita cual es la verdadera situación. El orgullo impide que enfrentemos la verdad. Distorsiona nuestra visión. El orgullo endurece el corazón y oscurece la visión de nuestro entendimiento. Nos impide ese cambio de corazón y el arrepentimiento, que nos puede hacer libres. 24 Porque el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; 25 que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad, 26 y escapen del lazo del diablo, en que están cautivos a voluntad de él”. (2 Tim.2:24-26).

El orgullo hace que nos consideremos víctimas. Entonces nuestra actitud es: “He sido maltratado y juzgado injustamente, por lo tanto, mi comportamiento está justificado”. Creemos que somos inocentes y hemos sido acusados falsamente y por consiguiente, no perdonamos. El hecho de que hayamos sido maltratados no nos da permiso para aferrarnos a la ofensa.

VER CUAL ES NUESTRO VERDADERO ESTADO

Jesús dijo que nuestra capacidad para ver correctamente es otro elemento clave para ser liberados del engaño. Muchas veces cuando nos ofenden, nos vemos como víctimas y culpamos a los que nos han herido. Justificamos nuestra ira, nuestra falta de perdón, el enojo, la envidia y el resentimiento que surgen.

Algunas veces nos resentimos con quienes nos recuerdan a otras personas que nos han herido.  Por esta razón, Jesús aconsejó a la iglesia de Laodicea: “unge tus ojos con colirio, para que veas” (Apoc. 3:18). ¿Ver qué? Ver cuál es nuestro verdadero estado. Nos arrepentimos solo cuando dejamos de culpar a los demás.

Cuando culpamos a los demás defendemos nuestra posición, estamos ciegos. Luchamos por quitar la paja del ojo de nuestro hermano mientras tenemos una viga en nuestro ojo. La revelación de la verdad es la que nos trae libertad.

Cuando el Espíritu Santo nos muestra nuestro pecado, siempre lo hace en una forma que nos trae convicción y no condenación. Que la Palabra de Dios alumbre los ojos su entendimiento para que pueda ver cuál es su verdadero estado y sea libre de cualquier ofensa que esté guardando en su interior.